Por no querer ser como quien entra a la muerte con vidas especuladas para la reencarnación futura, vuelve la hora de irse a dormir y yo sin concebir ninguna certeza.
Me puedo quedar casi todo el día contemplando cómo me empobrece el cerebro esa conciente elección de aburrimiento, cómo se desintegra la lucidéz de mi espíritu sumido en la miseria del alrededor, en la mezquindad de pensamiento que el entorno ofrece. O bien podria despertar y ponerme de pie, levantar la guardia y combatir contra la pereza y el reclamo estéril que no es más que el mal direccionamiento de la autocrítica, hacerme cargo de pertenecer a la estirpe de los guerreros y disfrutar victorioso de cada batalla entre la vida y la muerte, renaciendo cada vez que crea haber comprendido alguna cuestión y esperando con calma la evidencia del error en cada nueva muerte que asecha intermitente del otro lado de la verdad.
Si fuéramos capaces de discernir todo lo que no nos sirve dejaríamos de lado tantas cosas que prácticamente todo nos parecería una terrible pelotudéz, porque a fin de cuentas saber qué es lo que nos sirve y para qué tampoco es algo fácil de discernir. Quizá el mismo intento por discernir sea la mayor pelotudéz.
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